Avalancha
La estación de trenes se tomaba un momento para descansar. Había gente, pero no mucha. El sol ya no era el de enero, no alumbraba tan en exceso pero su intensidad alcanzaba para vaporizar la humedad del ambiente y dejarnos a todos los mortales sufriendo un calor húmedo digno de cualquier Febrero existente. La humedad se hacía visible en el rostro sufrido de la gente que volvió de las vacaciones, aún más, de aquellos que aún no se fueron. Ni hablar de aquellos que no se irán a ningún lado ni se tomarán unos días para descansar. Algunos ni saben lo que es.
Él sigue esperando. Su mirada se alarga y se detiene en el alambrado que divide ambas vías. Un cartel exclama: “Prohibido cruzar las vías”. Otro de distinto color avisa una conexión de alto voltaje expuesta para quien pase por allí, y aún así hay un alambrado para que la gente no cruce. Al parecer la ansiedad y el apuro se han cobrado varias vidas, más de las que imaginamos. Mira el reloj, toma el teléfono, todo concuerda. Es tarde y nadie ha llegado. Saca del bolsillo del morral un paquete diminuto que dentro tiene una galletita de limón. El orgullo aflora al darse cuenta que ese acto previsor hace que el ruido del estómago cese un poco. Todavía no almorzó. Luego de ese lapso dopamínico sale un poco de vergüenza ajena. La galletita esta húmeda, el aroma es el mismo pero el gusto se encuentra justo al límite de lo legal. Pasaron 15 días desde ese ultimo café con ella en donde decidió guardar la galletita antes que devolvérsela a la cafetería para su re utilización. El único efecto que logro ese snack fue un gusto a viejo en la boca y ahora la espera se hace más pesada por el horario, el hambre, el calor y la falta de algo que sacie la sed o quite ese gusto horrible de sus papilas gustativas.
Corre una pequeña brisa como si llegara desde Mordor, algo parecía anunciar un evento y el lo percibió. Se para, camina dos pasos hasta el medio del andén y mira hacia ambos lados. La ve pero duda. La ropa, el pelo, el contorno, su forma de caminar. A medida que ella se acerca el ambiente se siente más pesado. Era ella y él la veía distinta, más plena, como con menos problemas. Ella segura se acerca y lo saluda fugaz. La saluda y siente el perfume. El mismo que usó cuando fueron al recital ese 31 de Octubre. El mismo perfume que solo usa en ocasiones especiales. Ella no para de hablar, es ella. Se trata sobre ella y solo sobre ella. El monologo parece terminar pero un pequeño impulso cambia de tema y sigue hablando sobre ella. Saca del morral una carpeta marrón con un montón de papeles y se los da en la mano mientras sigue hablando con la misma intensidad. Ella se siente mejor, su cara está llena de gestos. Su piel se ve mejor.
Algo la calla, se corren del lugar porque se aproxima un tren y la gente desesperada por llegar a su casa puede ser cruel y agresiva cuando baja. Toma la carpeta, sus uñas son hermosas, y comienza a chequear papel por papel. El tren entra a la estación y el sonido de la máquina a combustión sigue siendo ensordecedor desde siempre. Ella solo lee y el mira. En el ambiente hay estrés. En el saco que sostiene con el mismo brazo que sostiene la carpeta tiene un pelo de perro, el caos alrededor ensordece cualquier pensamiento.
Para el tren, hay calma antes de que se abran las puertas. Ella lo mira y le dice que “ya está todo”, hablarán pronto, quizás por ultima vez cuando el divorcio se haga efectivo. El sin decir palabra alguna recibe un beso en su mejilla. Se abren las puertas, sale la gente corriendo, ella se va perdiéndose entre la gente y el caos vuelve a él. Se sienta en el mismo asiento de la estación en donde esperaba. Mira los pies de cientos de personas caminando. La estación volvió a tener vida, una vida apurada y sin freno de gente que llega y se va.