Un peso
Miércoles, 15 horas. El silencio reina en el pueblo. El día es un gris #96A3B2, la brisa de verano llena la casa de fresco. Afuera llovizna hace varias horas en la misma intensidad. Los pájaros suenan, la tarde calla y yo sentado con la pc en la mesa del comedor describiendo cómo danza la cortina amarilla ante el suspiro de una tarde que descansa luego de tanto verano. Todo parece en su lugar.
El mate acompaña, incluso parece leer lo que escribo de reojo. Quiero ver la cara que pone cuando vea que hablo de él. El termo tiene un sticker que me regaló mi hermana, es de un perro con cara de labrador que es algo parecida a mi perra, al menos el color. El termo es chico pero rinde casi como un termo grande el cual casi nunca terminamos.
Lo lindo fue que hoy, cuando preparaba el mate, agarro la pava eléctrica y comienzo a llenar el termo con el agua caliente. Esa pava eléctrica es la misma que compré hace 15 años para mi taller de estampado. La conozco demasiado bien, y aunque cuente con altibajos anímicos por la edad, tiene seteada de forma permanente la temperatura perfecta para el mate. El pico de la pava también es un gran logro del diseño de gente que sabe. Es difícil de explicar pero de ésta pava cae el agua como si tuviera groove.
Mientras echaba el agua al termo, sentía el peso creciendo en mi mano izquierda, suave, leve pero constante. La sensación de caída y el sonido genera cierta satisfacción. Por ahí el ojo percibe, el sonido del agua ayuda y suena el alerta que hace que el sistema nervioso de señal de alto. Todo en una velocidad de procesamiento imposible de calcular. Aún así, y sabiendo de las limitaciones que me acechan, miré el termo, giré hacia la luz para poder ver donde estaba el agua y noté que estaba bien. Solo que mi instinto de supervivencia descubrió se podía un poco mas. Y en una jugada rápida entre ojo y pulso dejaron ver que el agua que cayó alcanzaba para un mate más.
Siempre un poco más.
La historia de mi taller de estampado la dejo para otro día. Otra más.